La gloria es un instante. Ocurre tan mágicamente que en un partido espantoso puede aparecer Breno Lopes flotando en el aire, como si fuera Peter Pan, suspendido como cuando saltaba Michael Jordan, y cabecear por encima de John para guardarse, para y por siempre, en la bibliografía de la pelota sudamericana.

Breno era inesperado. Entre todas las figuras de Palmeiras, no aparecía en las apuestas. En 2019, había creído tocar la cima: ascendió con Juventude desde la serie C a la B. Su vida futbolística había comenzado en Cruzeiro, donde hizo inferiores, pero no logró asentarse del todo. A los 30 años, le llegó su chance en el gigante de Sao Paulo, pero apareciendo siempre de suplentes. Ingresó en el minuto 85, cuando el encuentro se moría. Cinco minutos le alcanzaron para quedar en la historia.

Apenas unos instantes antes, Weverton aguantaba la pelota con los pies para que el tiempo pasara. Aunque no pasara nada. Palmeiras y Santos aburrían al continente. Sin avisar que se guardarían un último capítulo. El partido se moría. Cuca intervino en un lateral, lo expulsaron, saltó a la tribuna a ver el partido con los hinchas. Parecía un golpe emocional. Ocurrió lo contrario. Un centro profundo y la historia que nadie podrá borrar.

Abel Ferreira ratifica una nueva superstición: hay que ser portugués para ganar la Libertadores. Al igual que Jorge Jesús en Flamengo en 2019, se queda con esta edición un entrenador europeo. Un puñado de meses le alcanzaron para suceder a Vanderlei Luxemburgo y construir un equipo campeón. Le da el segundo gran trofeo para la vitrina del verde de Sao Paulo.

Palmeiras sólo estuvo abajo en el resultado en la vuelta de semifinales contra River. En el resto de la competencia estuvo por encima de todos los rivales que se le presentaron. Desde la solidez defensiva construyó una eficiencia que le entregó la gloria. En el juego no le sobraron situaciones de gol, pero en días tan emocionales a veces los análisis se escapan en el tamiz de la vida.

Por Ezequiel Scher