Conocer el gran estadio de Río es una actividad que queda marcada para siempre. Tanta historia, inmensidad y fútbol en una sola experiencia.

Río de Janeiro atrapa. Es una ciudad completa. El visitante que llega por primera vez la recorre y no hace falta pisar la arena para quedarse totalmente impresionado. Los ojos tienen tanto material para atesorar que no alcanzan ni ellos ni las cámaras de los celulares para guardar tanta belleza. No hacen falta filtros, que están tan de moda en las redes. Y ya pasa a ser una discusión filosófica entre los fanáticos de fotografiar para recordar y los que prefieren vivir antes de tomar recuerdos materiales. Pero las cámaras no llegan a captar todo lo que se puede apreciar con las miradas.

La inmensidad de la ciudad en distintos relieves. Sobre una corta llanura, sobre los morros, distribuidas en diferentes orientaciones. Se puede ver el amanecer sobre el océano y, a 500 metros de distancia, se puede ver el atardecer. Llena de accidentes geográficos. Río de Janeiro es infinita. Y te conquista en los primeros segundos.

Hay fútbol por doquier. En la playa, la pelota no pica, entonces tuvieron que inventar algo más divertido: una cancha de beach voley para jugar con una pelota de fútbol que no debe tocar el suelo y los participantes no pueden tocarla con la mano. Futvóley. Los cariocas desarrollan una habilidad tan estética como es conocida también a los brasileños en general en el fútbol tradicional. Los que no juegan a este nuevo deporte, están intentando pegarle a la pelota sin que toque el piso en la orilla del mar. El Sol cae, desaparece. Pero la pelota se sigue viendo por el aire. Las pelotas. En todos lados.

Adentro de la ciudad, el famosísimo Maracaná. Dueño de un concepto tan doloroso para el fútbol brasileño como histórico. 71 años después sigue resonando aquella palabra. Maracanazo. Las gestas épicas, hoy por hoy, se siguen calificando así, término inventado tras la victoria de Uruguay en el Mundial de 1950, cuando son dentro de este monumento al deporte.

Se ve una mole de cemento. Miles de accesos. Un perímetro de dos kilómetros. Imponente y bello al mismo tiempo. Histórico y joven. Arquitectura y fútbol. Se respira fútbol. Los pasillos están decorados por las grandes conquistas, por las estrellas que brillaron dentro del campo, las que hicieron que esta estructura tenga vida propia. Y claro, en esta ocasión la pandemia opacó a lo que verdaderamente lo hace gigante: su gente.

Los pasillos son eternos. El ingreso al campo es una toma típica: de abajo hacia arriba, cuando los ojos terminan de subir hay que elegir para qué lado gira la cabeza. 360 grados increíbles. Un palacio del fútbol en la ciudad del fútbol. En aquel arco fue el gol histórico de Ghiggia, en 1950. Allá, el gol de Messi a Bosnia en 2014, pero del otro lado el gol que no fue ante Alemania, en la final. Y el que sí fue: el de Götze. Del otro lado, la de Higuain. Aquí levantó la Intercontinental el Santos de Pelé. Se levantaron dos veces las Copas del Mundo. Aquí, 54 atletas se pusieron medallas doradas, plateadas y bronceadas en los Juegos Olímpicos de 2016.

La decoración de la CONMEBOL Libertadores le queda pintada. Eterna. Aquí habrá otra gesta épica. Aquí, sin lugar a dudas, el 30 de enero quedará marcado en la historia del fútbol como un nuevo evento que quedará tatuado en la piel de deportistas y de hinchas. El escenario es perfecto. ¡Bienvenidos al Maracaná!

Por Ignacio Cruz