Se elige cómo perder. Porque una derrota, más en la semifinal de la Libertadores, arrasa tanto que hay que tener una elegancia, una estética y unos valores tan latentes para que siga habiendo pasto. River aplastó a Palmeiras desde el juego y recibió un boomerang doloroso. Las lágrimas de Nacho Fernández sobre el estadio de Palmeiras son la forma y las ideas. Eso es lo que queda cuando el resultado traiciona.

Si algo tiene de grandilocuente el fútbol es que el resultado puede estar muy alejado de la realidad. Es tan difícil marcar un gol que lo construido puede no dar sus frutos. River padece los tres goles que le convirtieron en la ida. Termina 2-0 e incluso le faltaban dos tantos más para poder pasar a la final. Desde lo conceptual, no admite discusión: era merecedor de ese pasaje.

Superó a Palmeiras desde el juego y desde lo anímico. Construyó superioridad en las bandas. El esquema 3-5-2 le dio un jugador más en cada centímentro del césped. Los cinco defensores del finalista lo perjudicaban posicionalmente: Rafael Borré y Matías Suárez sostenían en el último sector de la cancha a medio equipo rival. Había otros ocho jugadores (descontando al arquero) que dominaban contra cinco el resto del campo. Eso puede ser lo mismo, pero además el conjunto de Marcelo Gallardo mostró audacia para ir a buscar los goles, tratando de incorporar todavía más propios a la última línea del rival.

La sociedad de Enzo Pérez y de Fernández es de lo más prestigioso que tiene este torneo. En distintas líneas del mediocampo, se desafían a atacar los espacios. En cada toque, acercan un poco más a River hacia un buen destino. Nicolás De la Cruz es el eslabón explosivo de ese relato. Ese triángulo es un lujo. Es el alma creativo de un equipo que elige cómo despedirse de esta copa con honores.